lunes, 14 de noviembre de 2011

SOÑAR DE A DOS


Abandonó súbitamente Miralejos, la casa que se encontraba entre el inmenso bosque de pinos y cipreses, dejando sobre el sillón rojo el libro que había estado leyendo en las últimas horas, refugiándose en sus páginas de su soledad y de la tenue lluvia que invadía la escena.
El aroma la condujo de manera irresistible hacia adelante. Olía a flores y éstas prometían ser de las más bellas.  Su corazón palpitaba ante el desconcierto. Por momentos una leve brisa cruzaba el paraje y la tentadora fragancia desaparecía misteriosamente, haciéndole perder el rastro. Seguía buscando y cada instante perdido la llenaba de angustia.
Dio vueltas a través de los inmensos viejos árboles una y otra vez, sin encontrar respuestas. Entonces se sentó sobre un tronco caído que estaba parcialmente mojado y salpicado por  una infinidad de líquenes amarillos. Descansó la vista, acostumbrándola un poco a la baja intensidad de luz que se reflejaba en el lugar. De pronto, allí las vio. Su corazón echó a correr y sus labios se estiraron 
 hasta casi romperse por tanta alegría. Las contempló de cerca, las acarició, disfrutó de tan incomparable belleza. Eran miles, y de alto, no medirían más que el ancho de la palma de una mano. Las había en color magenta, geranio, ocre, carmín, Siena, cobalto y escarlata. Ante tanta magnificencia no pudo resistirse y se recostó sobre ellas. Estaban húmedas y parecían no romperse bajo el peso de su cuerpo. Así contempló entre los espacios vacíos que dejaban las copas de los altos pinos, ese cielo gris y amenazante, hasta sentir un inoportuno cansancio invadiendo sus ojos. Luchó por no cerrarlos, no quería dejar de presenciar lo que estaba viviendo; pero sus intentos fallaron y quedó allí, profundamente dormida.
Spleen, de Peste noir,
Spleen, de Peste noir, la despertó. Por unos instantes no comprendió que sucedía; su canción favorita sonaba en su programado despertador. Se sentó en la cama sin saber donde se hallaba. Apoyó la cabeza contra el respaldo y mientras comenzaba a sospechar donde se encontraba realmente, sólo deseó estar en ese pinar, abrazada por el mar de flores y sentir esa inexplicable sensación de paz interior,
que hacía tiempo no encontraba.
Volvió a sonar Spleen y sus ojos se abrieron nuevamente, sumamente doloridos e hinchados. Al constatar la hora, voló literalmente de su descanso y como pudo resolvió la encrucijada de desayunar, vestirse, agarrar sus cosas y escapar en tan sólo ocho minutos.

El colectivo la incorporó a sus entrañas llenas de pasajeros a dos cuadras de su casa, abandonándola luego de veinte minutos, que parecieron días, en la estación de Retiro.
 Eran las nueve y media de la mañana de un martes caluroso de  noviembre. Faltaba sólo media hora para que esté frente a sus alumnos enseñando inglés, en un colegio de educación media ubicado en Martínez. Advirtiendo que no llegaba  tiempo se enfadó consigo misma; pero se había prometido no angustiarse por nada y a pesar de que el día venia un poco complicado se dispuso, mientras recorría las nueve estaciones, a contestar por escrito algunas preguntas al amor de su vida. Se quedó particularmente pensativa mientras miraba a través de la ventanilla la pista del hipódromo argentino de Palermo. La pregunta decía:¿Cuál es tu sueño? Ella siguió observando pero esa vez sin ver nada, estaba como ida, sumergida en un mundo subterráneo, sin luces ni presencia humana. Podría haber  llegado a Tigre y estar volviendo sin darse cuenta, si no fuera por la intervención  de un chico que, al bajar del tren, le golpeó fuertemente el vidrio regalándole un beso. Ella sonrió por primera vez en el día pero volvió rápidamente a lo que tanto la preocupaba. La formación estaba detenida en la estación de La Lucila, en  la próxima tendría que bajar. Le quedaban sólo unos minutos para contestar una pregunta sencilla. Haciéndole caso a las urgencias del tiempo y a los gritos alocados de su corazón escribió la respuesta: ¡ENCONTRARTE!



fin

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